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Este artículo, el primero de una serie con el tema de la migración por factores climatológicos globales, es resultado de una asociación entre ProPublica y The New York Times Magazine, con apoyo del Pulitzer Center. Lea más acerca del proyecto estadístico en el que se basa el reportaje.

A principios de 2019, un año antes de que el mundo cerrara sus fronteras por completo, Jorge A. se dio cuenta de que tenía que salir de Guatemala. Sus tierras se estaban poniendo en su contra. Casi no había llovido en cinco años. Cuando por fin llovió, Jorge se apresuró a sembrar sus últimas semillas. El maíz germinó verde y sano y también fue creciendo la esperanza, hasta que un día el río se inundó sin ninguna advertencia. Jorge entró a su campo de cultivo vadeando con el agua hasta el pecho, buscando en vano alguna mazorca que aún se pudiera comer. Poco después hizo una última apuesta desesperada y renunció a los derechos de la choza con techo de hojalata donde vivía con su esposa y tres hijos, a cambio de un anticipo de $1,500 dólares en semilla de quimbombó. Sin embargo, después de la inundación dejó de llover de nuevo, y todo murió. Jorge se dio cuenta entonces de que su familia también podría morir si él no salía de Guatemala.

Aunque cientos de miles de guatemaltecos han huido hacia Estados Unidos en los últimos años, la mayoría de los habitantes de Alta Verapaz, estado de donde proviene Jorge, sigue en esta región de montañas escarpadas con cafetales y bosque denso y seco, que luego se abre paso hacia valles ondulados y amplios. Pero ahora, doblegados por una confluencia implacable de sequías, inundaciones, bancarrota y hambruna, ellos también han comenzado a marcharse. Casi todos los habitantes de este lugar viven con cierto grado de incertidumbre en cuanto al origen de su próxima comida. La mitad de los niños padecen hambre de manera crónica y muchos son de baja estatura para su edad, además de tener huesos débiles y barrigas hinchadas. Todas estas familias enfrentan la misma decisión atroz que Jorge.

Se espera que el extraño fenómeno climatológico conocido como El Niño, con su patrón de sequías y tormentas súbitas a las que muchos culpan por el sufrimiento de esta zona, se vuelva más frecuente a medida que se caliente el planeta. En poco tiempo, muchas regiones semiáridas de Guatemala se parecerán más a desiertos. Se espera que la precipitación disminuya en un 60 % en algunas partes del país y que el flujo de agua que surte los arroyos y mantiene la humedad del suelo se reduzca hasta en un 83 %. Los investigadores proyectan que para 2070, la producción de cultivos básicos del estado donde vive Jorge se reducirá casi en una tercera parte.

Los científicos han aprendido a proyectar estos cambios mundiales con una precisión sorprendente, aunque no fue sino hasta hace poco que se comenzaron a conocer las consecuencias que tendrán esos cambios para los seres humanos. Al fracasar sus tierras, cientos de millones de personas provenientes de lugares como Centroamérica, Sudán o el delta del Mekong, se verán forzadas a escoger entre huir o morir. Es casi seguro que el resultado sea la oleada migratoria más grande que se ha visto en el mundo.

En marzo, Jorge y su hijo de 7 años empacaron un par de pantalones, tres camisetas, ropa interior y un cepillo de dientes en una sola bolsa de nylon negro con cordón. El padre de Jorge empeñó sus últimas cuatro cabras a cambio de los $2,000 dólares que los ayudarían a costear el traslado, otro préstamo que la familia tendría que pagar con un 100 % de interés. El coyote llamó a las 10 p.m. para avisarles que saldrían esa misma noche. No tenían idea de dónde acabarían ni de lo que harían al llegar.

Transcurrieron solo tres días entre la decisión de partir y la salida. Se marcharon en un dos por tres.

Durante casi toda la historia de la humanidad, los pueblos han vivido en lugares dentro de un rango asombrosamente estrecho de temperaturas en las que el clima les ha permitido producir alimentos en abundancia. Sin embargo, a medida que el planeta se calienta, esa banda se está desplazando repentinamente hacia el norte. De acuerdo con un estudio pionero que se publicó recientemente en el boletín Proceedings of the National Academy of Sciences (Actas de la Academia Nacional de Ciencias), durante los próximos 50 años el planeta podría ver un aumento de temperatura mayor que el que ha habido en los últimos 6 mil años. Hacia 2070, las zonas extremadamente cálidas como las del desierto del Sahara, que actualmente cubren menos del 1 % de la superficie terrestre, podrían abarcar casi una quinta parte de la tierra, con el potencial de dejar a una de cada tres personas vivas fuera del nicho ecológico en el que los seres humanos han prosperado durante miles de años. Muchos se atrincherarán y sufrirán en el calor, hambruna y caos político, mientras que otros se verán forzados a desplazarse. En un estudio de 2017 publicado en Science Advances (Avances de la Ciencia) se descubrió que, para 2100, la temperatura podría subir a un grado tan elevado que en ciertas partes de la India y del este de China, salir a la intemperie por unas cuantas horas “ocasionaría la muerte incluso a personas que estén en las mejores condiciones”.

La gente ya está empezando a huir. En el caso del Sureste Asiático, donde la agricultura se hace más difícil debido a que cada vez son más impredecibles las lluvias del monzón y las sequías, el Banco Mundial señala que más de ocho millones de personas de esta zona se han trasladado hacia el Medio Oriente, Europa y Norteamérica.

En el Sahel africano, millones de habitantes de zonas rurales se han ido desplazando hacia los litorales y las ciudades en virtud de las sequías y las extensas pérdidas de cosechas.

Si la huida de los climas cálidos alcanza el nivel probable que sugieren las investigaciones actuales, también habrá una vasta redistribución de la población mundial.

La migración puede crear magníficas oportunidades, no solo para los migrantes, sino para los lugares a los que se trasladan. Por ejemplo, los países como Estados Unidos y otros del hemisferio norte enfrentan una disminución demográfica, así todos se podrían beneficiar de la inyección de habitantes nuevos en su fuerza laboral envejeciente. Sin embargo, el logro de esos beneficios comienza por tomar una decisión: los países del norte pueden aliviar las presiones de los países más afectados por el rápido calentamiento climático al permitir que más migrantes crucen sus fronteras; o bien, pueden sellar sus territorios y dejar atrapadas a millones de personas en lugares cada vez más inhóspitos. El mejor resultado no solo requiere buena voluntad y un manejo cuidadoso de las turbulentas fuerzas políticas; sin preparación y planificación, la magnitud del cambio podría ser verdaderamente desenfrenada y desestabilizadora. La Organización de Naciones Unidas y otros advierten que, en el peor de los casos, los gobiernos de los países más afectados por el cambio climático podrían ser derrocados a medida que esas regiones caigan en guerra.

Las duras opciones en cuanto a políticas ya se están volviendo aparentes. Conforme salen oleadas de refugiados del Medio Oriente y el norte de África con destino a Europa, y de Centroamérica hacia Estados Unidos, la reacción en contra de los inmigrantes ha llevado al poder a gobiernos nacionalistas en todo el mundo. La alternativa, impulsada por un mejor entendimiento sobre cómo y cuándo se desplazará la población, es la de los gobiernos que se preparan activamente, tanto en términos materiales como políticos, para los grandes cambios que se avecinan.

El verano pasado viajé a Centroamérica para enterarme de cómo reaccionarán las personas como Jorge ante los cambios en su clima. Fui siguiendo las decisiones que tomaron las personas de zonas rurales guatemaltecas, así como su ruta hacia las ciudades más grandes de la región, en dirección norte hacia México y Texas. Encontré una asombrosa necesidad de alimentos y presencié las formas en las que la competencia y la pobreza entre los desplazados desintegran los límites culturales y morales. Sin embargo, el panorama en el campo es disperso. Para entender mejor las fuerzas y la magnitud de la migración motivada por los cambios climáticos dentro de una zona más amplia, The New York Times Magazine y ProPublica se unieron en un esfuerzo común con el Pulitzer Center para crear el primer modelo de movimientos de la población entre fronteras.

Nos enfocamos en los cambios en Centroamérica y utilizamos datos climáticos y de desarrollo económico para examinar diversas situaciones hipotéticas. Nuestro modelo proyecta que la migración aumentará cada año independientemente del clima, pero que la cantidad de migración aumenta substancialmente conforme el clima se transforma. En los esquemas climáticos más extremos, en el transcurso de los próximos 30 años, más de 30 millones de migrantes se trasladarían hacia la frontera de Estados Unidos.

Es evidente que los migrantes se desplazan por muchas razones. El modelo nos ayuda a observar cuáles son los grupos de migrantes motivados principalmente por el clima. Los hallazgos indican que estos podrían representar hasta un 5 % del total. Si los gobiernos toman medidas modestas para reducir las emisiones climáticas, aproximadamente 680,000 migrantes podrían trasladarse de Centroamérica y México hasta Estados Unidos entre hoy y 2050. Si las emisiones siguen avanzando sin tregua, provocando un calentamiento extremo, esa cifra aumentaría a más de un millón de personas (ninguna de estas cifras incluye a los inmigrantes indocumentados, cuya cantidad podría ser casi el doble).

El modelo muestra que las respuestas políticas ante el cambio climático y la migración pueden llevar a futuros drásticamente diferentes.

Al igual que con muchas actividades de modelación, lo importante no es proporcionar predicciones numéricas concretas, sino ofrecer panoramas hacia futuros posibles.

Es notoriamente difícil modelar el movimiento de los seres humanos. Como lo indican muchos investigadores del clima, es importante no añadir una precisión falsa a las batallas políticas que inevitablemente rodean cualquier planteamiento relativo a la migración. No obstante, nuestro modelo ofrece algo que podría resultar mucho más valioso para los creadores de políticas: un esquema detallado del extraordinario sufrimiento humano que se infligirá si los países cierran sus puertas.

En meses recientes, la pandemia del coronavirus ofreció un ensayo de prueba para determinar si la humanidad es capaz de evitar una catástrofe previsible y pronosticada. Algunos países han tenido buenos resultados, pero Estados Unidos fracasó. La crisis climática pondrá a prueba nuevamente al mundo desarrollado, pero a mayor escala y con connotaciones más graves. La única manera de mitigar los aspectos más desestabilizadores de la migración masiva es prepararse para ella, y la preparación exige imaginar con mayor perspicacia los lugares hacia los que se desplazará la población y el momento de su movilización.


I. Un tipo diferente de modelo climático

En noviembre de 2007, Alan B. Krueger, economista laboral conocido por su trabajo sobre las estadísticas de la desigualdad, acudió a las oficinas de Michael Oppenheimer en la Universidad de Princeton para preguntarle a este importante geocientífico del cambio climático si alguien había tratado de cuantificar cómo y cuándo se desplazaría la gente debido a dicho cambio.

Ese mismo año, Oppenheimer había ayudado a redactar el informe del Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, que por primera vez exploró a fondo la forma en la que la perturbación climática podría desarraigar a grandes segmentos de la población mundial. No obstante, aun cuando el informe fue revolucionario y la ONU recibió un Premio Nobel de la Paz en reconocimiento a su labor, las disciplinas académicas cuyo trabajo quedó sintetizado en su contenido permanecieron bastante aisladas entre sí. Los demógrafos, agronomistas y economistas hicieron su trabajo sobre el cambio climático de manera independiente, aunque entendiendo que el tema de la migración debía incluirlos a todos.

Juntos, Oppenheimer y Krueger, quien falleció en 2019, comenzaron a desglosar la materia y a cuestionar si las herramientas que los economistas utilizan normalmente ofrecerían perspectivas sobre los efectos del medioambiente que afectan la decisión de emigrar. Asimismo, comenzaron a examinar las relaciones estadísticas, digamos, entre los datos del censo, la producción agrícola y el historial de patrones climáticos en México, para tratar de entender la forma en que los agricultores de ese país reaccionan ante las sequías. La información les ayudó a crear una medición matemática de la sensibilidad de esos agricultores ante los cambios ambientales, un factor que Krueger podría usar de la misma forma en que evaluaría políticas fiscales, pero para modelar la migración del futuro.

Su estudio, publicado en 2010 en las Actas de la Academia Nacional de Ciencias (Proceedings of the National Academy of Sciences), encontró que la migración de mexicanos hacia Estados Unidos aumenta durante periodos de sequía. También proyectó que para 2080, el cambio climático podría impulsar a 6.7 millones de personas adicionales hacia la frontera sur estadounidense. “Fue”, dijo Oppenheimer, “una de las primeras aplicaciones de la modelación económica para el problema del clima y la migración”.

La modelación fue un comienzo, pero tenía un carácter hiperlocal más que global y dejó sin responder varias preguntas enormes como, por ejemplo, ¿en qué forma alterarían los resultados las diferencias culturales? O bien, ¿cómo ocurrirían los cambios de población entre regiones más grandes?

También fue controversial y provocó una reacción negativa entre los escépticos del cambio climático, quienes atacaron el esfuerzo de modelación como “conjeturas” desarrolladas en base a “suposiciones poco fundadas”, alegando incluso que el modelo no podía separar el efecto del cambio climático de todas las demás influencias complejas que determinan la toma de decisiones y la migración de los seres humanos. Eventualmente, ese argumento encontró algo de tracción entre los investigadores de la migración, muchos de los cuales siguen renuentes a modelar cifras precisas sobre el tema.

Sin embargo, a Oppenheimer y Krueger les pareció que valía la pena arriesgarse a darle una forma específica a esta amenaza bien establecida, pero amorfa. Después de todo, a principios de la década de 1970, muchos investigadores habían presentado un argumento similar en contra de utilizar modelos informáticos para pronosticar el cambio climático, alegando que los científicos no deberían traficar con predicciones. Otros ignoraron ese consejo para producir algunas de las primeras proyecciones relacionadas con el grave efecto del cambio climático, así como varias de las oportunidades iniciales para tratar de alejarnos de ese destino. Según Oppenheimer, el intento de proyectar las consecuencias de la migración impulsada por el clima necesitaba esfuerzos igual de provocativos. “Si otros tienen ideas mejores para calcular cómo el cambio climático afecta la migración”, escribió en 2010, “deben publicarlas”.

A partir de entonces, el método de Oppenheimer se ha vuelto común. Docenas de estudios adicionales han aplicado la modelación econométrica a problemas relacionados con el clima, aprovechando una gran cantidad de datos para entender mejor la forma en que el cambio ambiental y los conflictos suscitan la migración, así como para aclarar cómo funciona el ciclo. Por lo general, los estudios encontraron que, en términos principales, es raro que el clima ocasione la migración, aunque casi siempre sí es un factor agravante.

Al observar el tema con mayor detalle, los investigadores han encontrado las sutiles huellas del clima en casi todas partes. La sequía ayudó a empujar a muchos sirios hacia las ciudades antes de la guerra, lo cual empeoró las tensiones y ocasionó un mayor descontento; las cosechas perdidas provocaron el desempleo que alimentó las insurrecciones de la Primavera Árabe en Egipto y Libia; incluso Brexit fue consecuencia de un efecto multiplicador del influjo de migrantes a Europa como resultado de las guerras que le siguieron. Todos esos efectos se vincularon con el movimiento de tan solo dos millones de personas. Con este enfoque más específico en los mecanismos de la migración por factores climáticos (escasez de alimentos, escasez de agua y calor), también se vislumbra la magnitud astronómica del potencial latente de los movimientos a gran escala.

El Sahel del norte de África ofrece un ejemplo. En los nueve países que se extienden por el continente desde Mauritania hasta Sudán, existe un enfrentamiento entre el crecimiento extraordinario de la población y un declive ambiental pronunciado. En ese lugar ya murieron más de 100,000 personas víctimas de las sequías ocasionadas, probablemente, por el cambio climático. Asimismo, esta región que tiene una población creciente de más de 150 millones de habitantes se ve amenazada por la desertificación rápida, una escasez de agua mucho más grave y la deforestación. Actualmente, los investigadores de la Organización de Naciones Unidas calculan que hasta un 65 % de las tierras cultivables ya están degradadas. “Mi temor profundo”, dijo Solomon Hsiang, investigador del clima y economista de la Universidad de California en Berkeley, es que la transición de África hacia una civilización posterior al cambio climático “ocasione un desbordamiento constante de personas”.

La situación es similar en el sur de Asia, donde habita casi una cuarta parte de la población mundial. El Banco Mundial proyecta que la región pronto tendrá la prevalencia más alta de inseguridad alimentaria del planeta. Ese organismo también encontró que, aunque hayan emigrado unos 8.5 millones de personas (para reasentarse en su mayoría en el Golfo Pérsico), pronto podrían quedar desarraigados de 17 a 36 millones de habitantes. Si los patrones anteriores son indicadores, muchos se establecerán en el valle del río Ganges en la India. Hacia fines de este siglo, las oleadas de calor y humedad serán tan extremas que las personas que carezcan de aire acondicionado simplemente morirán.

Si no son las sequías ni las cosechas fallidas las que impongan la huida de grandes grupos de personas, su marcha se deberá al aumento del nivel del mar. Ahora sabemos que los científicos del clima han estado subestimando, por un factor de tres, el desplazamiento que ocasionará el aumento de las mareas en el futuro; lo más probable es que se trate de unos 150 millones a nivel mundial. Las nuevas proyecciones muestran que las mareas subsumirán gran parte de Vietnam para 2050, incluida la mayor parte del delta del Mekong, donde habitan actualmente 18 millones de personas. Esto también corresponde a partes de China y Tailandia, la mayor parte del sur de Iraq y casi todo el delta del Nilo, el granero de Egipto. Muchas regiones costeras estadounidenses también están en riesgo.

En todas las investigaciones han surgido predicciones sobre el alcance total de la migración por motivos climáticos (el cual va desde 50 hasta 300 millones de personas desplazadas); sin embargo, los datos a nivel mundial son limitados y continúa la incertidumbre acerca de cómo aplicar patrones de comportamiento a grupos específicos en lugares particulares. En virtud de los nuevos estudios por ambos frentes, ahora se ha creado la oportunidad de mejorar enormemente los modelos. Hace unos años, geógrafos del clima de la Universidad de Columbia y de la Universidad de la Ciudad de Nueva York comenzaron a trabajar junto con el Banco Mundial para elaborar una herramienta de la siguiente generación que estableciera situaciones migratorias hipotéticas para el futuro. La idea consistía en añadir métodos analíticos adicionales a la medición de respuestas ante el medioambiente, al estilo de Oppenheimer, junto con un modelo de “gravedad” que evaluara el atractivo relativo de ciertos destinos, con la esperanza de anticipar en forma matemática los lugares donde acabarían los migrantes. El informe final, publicado a principios de 2018, contó con la participación de seis instituciones europeas y estadounidenses, y tardó casi dos años en completarse.

La labor del banco se orientó hacia puntos climáticos activos en África subsahariana, el sur de Asia y Latinoamérica, enfocándose, no en el desplazamiento de emergencia que sufre la población cuando ocurren desastres naturales, sino en la respuesta premeditada a lo que los investigadores denominan cambios de “aparición lenta” en el medioambiente. Determinaron que conforme avanza el cambio climático en tan solo estas tres regiones, hasta unos 143 millones de personas podrían verse desplazadas dentro de sus propios límites fronterizos, trasladándose de zonas rurales a pueblos o ciudades cercanas. No obstante, el estudio no se afinó bien para detectar cambios climáticos específicos, como el declive de las aguas subterráneas. Tampoco trató siquiera de abordar el verdadero problema que nadie quiere discutir: ¿cómo llevará el clima a la población a cruzar fronteras hacia otros países?

A principios de 2019, The Times Magazine y ProPublica, con el apoyo del Pulitzer Center, contrataron a Bryan Jones, uno de los autores del informe del Banco Mundial y geógrafo de Baruch College, para que añadiera capas de datos sobre el medioambiente a su modelo, a fin de sensibilizarlo más al cambio climático y ampliar así su alcance. Nuestro objetivo era continuar donde se detuvieron los investigadores del Banco Mundial para modelar, por primera vez, la forma en que la población se movería entre países, sobre todo desde Centroamérica y México hacia Estados Unidos.

Primero recopilamos grupos de datos existentes (con categorías como estabilidad política, productividad agrícola, escasez de alimentos, disponibilidad de agua, conexiones sociales, clima y mucho más), con el fin de aproximarnos a la complejidad caleidoscópica con la que los seres humanos toman decisiones.

Luego comenzamos a hacer preguntas: si, por ejemplo, el rendimiento agrícola sigue disminuyendo debido a las sequías y en consecuencia la gente se ve obligada a moverse como lo ha hecho a través de la historia, ¿podemos vislumbrar hacia dónde se desplazarán y qué condiciones nuevas se introducirán debido a ese movimiento? Es muy difícil modelar la mentalidad de cada persona o responder a estas preguntas utilizando mediciones individuales, ya que a menudo los datos sencillamente no existen. En lugar de adivinar qué hará Jorge A. para después multiplicar su decisión por la cantidad de personas que se encuentran en circunstancias similares, el modelo observa grupos de población completos para obtener promedios de las tendencias de toma de decisiones en las comunidades, con base en patrones establecidos, para luego determinar cómo actuarían esas tendencias en diferentes situaciones.

En total, introdujimos más de 10 mil millones de puntos de datos en nuestro modelo. Luego probamos las relaciones del modelo de manera retroactiva y revisamos los lugares donde la causa y el efecto históricos se pudieran respaldar empíricamente, con el fin de detectar si las proyecciones del modelo relativas al pasado coincidían con lo que ocurrió realmente. Cuando el modelo quedó construido y estratificado con ambos abordajes (econométrico y de gravedad), observamos la forma en que la población se fue movilizando a medida que aumentaron las concentraciones de carbono en el mundo en cinco situaciones hipotéticas diferentes, las cuales imaginan diversas combinaciones de crecimiento, comercio y control fronterizo, entre otros factores (estas situaciones hipotéticas se utilizan como normas entre la comunidad de científicos del clima y economistas que modelan los distintos trayectos del desarrollo socioeconómico).

Únicamente una súper computadora podía procesar el proyecto completo de manera eficiente. En uno de los casos, calcular la migración centroamericana y mexicana requirió que cargáramos nuestra consulta en una computadora central (mainframe) federal que se aloja en el Centro Nacional de Investigación Atmosférica, en un edificio del tamaño de un plantel universitario pequeño en las afueras de Cheyenne, Wyoming; aun así, la máquina tardó cuatro días en calcular sus respuestas (en propublica.org/migration-methodology se encuentra una descripción más detallada del proyecto informático).

Los resultados se desarrollaron alrededor de varias suposiciones referentes a las relaciones entre acontecimientos del mundo real que no han sido validados del todo científicamente.

El modelo también supone que las relaciones complejas, como la forma en que las sequías se relacionan con la estabilidad política, continúan siendo constantes y lineales en el tiempo (cuando en realidad sabemos que las relaciones cambiarán, pero no de qué forma). Muchos también quedarán atrapados dentro de sus circunstancias, demasiado pobres o vulnerables para movilizarse. En este sentido, es difícil para los modelos contabilizar ese sector.

Todo esto significa que nuestro modelo dista de ser definitivo. Sin embargo, cada una de las situaciones que produce apunta hacia un futuro en el que el cambio climático, que actualmente es una influencia perturbadora sutil, se convierte en una fuente principal de trastorno para impulsar cada vez más el desplazamiento de grupos vastos de población.


II. Cómo mueve el clima a la gente

Delmira de Jesús Cortez Barrera se mudó a las afueras de San Salvador hace seis años, cuando se colapsó su vida en el extremo occidental rural de su país, a solo 90 millas de la aldea guatemalteca donde vivía Jorge A. Ahora vende pupusas en una calle no muy alejada del lugar donde un grupo de adolescentes hace guardia para la pandilla Mara Salvatrucha. Cuando nos conocimos el verano pasado, trabajaba seis días a la semana para ganar $7 dólares al día, menos de $200 dólares mensuales. Dependía de la bondad de su patrona, quien le daba algunas comidas gratis en el trabajo. A ella le correspondía proveer todas sus demás necesidades y las de su bebé. Cortez se trasladaba por la madrugada desde San Marcos, donde vivía con su hermana en un cuartucho que se encuentra en un callejón de peatones. Aun así, el alquiler mensual era de $65 dólares. Cada mes también enviaba $75 dólares a sus padres, lo suficiente para que compraran frijoles y queso para alimentar a las dos hijas que dejó con ellos. “Aquí en vez de ir adelante vamos para atrás”, dijo.

Su historia, la de una mujer campesina sin educación ni capacitación laboral que no puede encontrar empleo bien remunerado en la ciudad y entra en una pobreza más profunda, es bien conocida en todo el mundo como el patrón clásico de la migración dentro de un mismo país. Mientras tanto, San Salvador se ha vuelto famosa por ser una de las ciudades más peligrosas del mundo, una capital en la que las pandillas llevan mucho tiempo controlando todo, desde las majestuosas calles coloniales que salen de sus plazas centrales, hasta las oficinas de los políticos que viven en ellas. Es con este trasfondo de guerra, violencia, huracanes y pobreza, que uno de cada seis ciudadanos salvadoreños ha huido a Estados Unidos durante las últimas décadas; tan solo en 2019, unos 90,000 de ellos fueron aprehendidos en la frontera estadounidense.

Cortez nació como a una milla de la frontera con Guatemala en El Paste, un pueblo pequeño situado al lado de un volcán.

Proviene de una familia de jornaleros que trabajaban en los grandes plantíos de maíz y frijoles de la zona, y rentaban una choza de adobe de dos habitaciones y con piso de tierra para criar a nueve hijos. Alrededor de 2012, una plaga del café, empeorada por el cambio climático, destrozó casi por completo los cultivos del país, reduciendo la cosecha en un 70 %. Después, las sequías y las tormentas imprevisibles provocaron lo que una organización de seguridad alimentaria afiliada a la ONU describe como un “deterioro progresivo” de la subsistencia de la población salvadoreña.

Fue entonces que Cortez decidió irse. Contrajo matrimonio y encontró empleo en una fábrica de ladrillos de la cercana ciudad de Ahuachapán. Sin embargo, las pandillas encontraron presa fácil en los agricultores vulnerables y expandieron sus actividades hacia zonas rurales y ciudades periféricas, donde se ganan la vida extorsionando a los comerciantes de esos lugares. Aquí vemos cómo el cambio climático puede actuar como un “multiplicador de la amenaza”, término que a veces utilizan los oficiales del Departamento de Defensa. Para Cortez, esa amenaza no podía ser más grave. Dos años después de llegar a Ahuachapán, un asesino conectado con pandillas tocó a la puerta de su casa y se llevó a su esposo, cuya exnovia era pandillera, para luego ejecutarlo a plena luz del día a una cuadra de distancia.

En otros tiempos Cortez quizás habría regresado a su tierra natal, pero en El Pase no había empleos ni tampoco agua. Así que envío a sus hijas para allá, y ella partió hacia San Salvador.

Con todas las maneras en que se dificulta predecir la migración humana, sí existe una clara tendencia: en todo el mundo, a medida que se acaban los alimentos y la gente abandona sus tierras, la población gravita hacia las ciudades, que se van superpoblando rápidamente.

Según advierten los investigadores de la migración, es en esas ciudades donde las nuevas oleadas de población colman casi al límite la capacidad de la infraestructura, los recursos y los servicios, y donde se desarrollarán los estragos más extremos de la sociedad. Hay que importar alimentos, lo cual ejerce aún más presión en las granjas que de por sí tienen dificultades, además de aumentar los costos. La gente se congregará en barrios marginales con carencia de agua o electricidad, donde serán más vulnerables a las inundaciones u otros desastres. Los barrios pobres alimentan el extremismo y el caos.

Es un cambio que ya va bien encausado, razón por la cual el Banco Mundial ha planteado inquietudes acerca del influjo alucinante de personas hacia ciudades del este de África como Adís Abeba, en Etiopía, cuya población se duplicó desde el año 2000 y que se proyecta que se duplique de nuevo para 2035. En México, el Banco Mundial calcula que hasta 1.7 millones de personas podrían migrar para alejarse de las regiones más calientes y secas y acabar, en su mayoría, en la Ciudad de México.

Sin embargo, al igual que con gran parte de la historia del clima, la tendencia a la urbanización es solo el comienzo. En estos momentos poco más de la mitad de la población mundial vive en áreas urbanas, pero el Banco Mundial calcula que, para mediados de siglo, esa cifra aumentará a un 67 %. En tan solo una década, cuatro de cada 10 habitantes urbanos —dos mil millones de personas en el mundo— vivirán en barrios marginales. El Comité Internacional de la Cruz Roja advierte que el 96 % del crecimiento urbano del futuro sucederá en algunas de las ciudades más frágiles del mundo, las cuales ya enfrentan un riesgo más apremiante de tener conflictos, además de contar con los gobiernos menos capacitados para resolverlos. Algunas ciudades no podrán sustentar el influjo. En el caso de Adís Abeba, el Banco Mundial sugiere que, para la segunda mitad del siglo, gran parte de las personas que huyeron a esa ciudad se verán forzadas a abandonarla nuevamente cuando se agote la agricultura local de sus alrededores.

Nuestro esfuerzo de modelación se basa en la noción de que podemos observar las semillas del futuro crecimiento en la configuración actual de estas ciudades. Las relaciones entre los factores de calidad de vida, como el ingreso del hogar en vecindarios específicos, los niveles educativos, las tasas de empleo, etc., y la forma en que cambia cada uno de estos al responder al clima, revelarían patrones que se pueden proyectar hacia el futuro. Al igual que la humedad saca a relieve el grano de la madera, lo único que se requería era extraer la información.

Todas las predicciones científicas del cambio climático mundial indican que El Salvador se irá volviendo más caliente y seco, y nuestro modelo concuerda con la probabilidad que mencionan otros investigadores: que San Salvador seguirá creciendo como resultado de estos factores, y cada vez habrá más gente en su periferia. Sin embargo, lo que llegue a suceder en sus campos agrícolas dependerá más de las políticas climatológicas y de desarrollo que decidan implementar los gobiernos del norte para enfrentar el calentamiento del planeta. A medida que crezcan las ciudades, el desalojo del sector rural salvadoreño, al igual que el de Guatemala, estará impulsado por las altas emisiones con pocos cambios en las políticas globales, y por las fronteras relativamente abiertas.

De acuerdo con el modelo, si Estados Unidos y otros países ricos cambiaran la trayectoria de estas políticas a nivel mundial al invertir, digamos, en esfuerzos de mitigación climática en sus propios territorios, pero también endureciendo sus fronteras, se dispararía una compleja cascada de repercusiones más al sur. Las ciudades centroamericanas y mexicanas seguirían creciendo, aunque no tan rápido, pero su riqueza y desarrollo en general se aminorarían drásticamente, lo cual probablemente concentraría aún más la pobreza. Mucha más gente también permanecería en las zonas rurales por carecer de oportunidades, quedando atrapada y más desesperada que nunca.

La gente se muda a las ciudades por percibirlas como refugios que ofrecen una fachada de orden, con sus edificios altos y presencia gubernamental, y con el espejismo de la riqueza. Conocí a varios hombres que dejaron sus campos de cultivo para buscar empleos extremadamente peligrosos como guardias de seguridad en San Salvador y en la ciudad de Guatemala. También conocí a un niño de 10 años que lavaba parabrisas en una esquina, convencido de que las monedas de su bote le ayudarían a comprar de nuevo las tierras de sus padres. Las ciudades ofrecen opciones y la sensación de que uno puede controlar su propio destino.

Sin embargo, esas mismas ciudades se pueden convertir fácilmente en trampas cuando se acumulan rápidamente los desafíos que van de la mano de la urbanización acelerada. Desde el año 2000, la población de San Salvador se ha multiplicado en más de una tercera parte por absorber migrantes de zonas rurales, aunque decenas de miles de personas siguen saliendo del país para emigrar al norte. La ONU calcula que para mediados de siglo, El Salvador, que cuenta con 6.4 millones de habitantes y es el país centroamericano con mayor densidad de población, será una nación 86 % urbana.

Nuestros modelos muestran que gran parte del crecimiento se concentrará en suburbios pobres y marginales de la ciudad, como el de San Marcos, donde la población habita en miles de estructuras desvencijadas, muchas de las cuales no tienen electricidad ni agua potable. Incluso antes de la pandemia y de sus consecuencias, en estos lugares era difícil encontrar empleo, además de que la pobreza estaba empeorando y la delincuencia iba en aumento. El maltrato familiar también ha ido en aumento, y con las condiciones sanitarias en deterioro existe la amenaza de un mayor número de enfermedades. Al irse debilitando la sociedad, las pandillas se dedican a extorsionar y reclutar; según los cálculos, sus miembros sobrepasan a la policía por un factor de tres a uno en algunas partes de El Salvador. Estos grupos han logrado que la tasa de homicidios de San Salvador sea una de las más altas del mundo.

Cortez esperaba poder escapar a la violencia, pero no logró hacerlo. Las pandillas controlan su edificio de departamentos, donde roban televisores y recolectan pagos para protección. Incluso presenció recientemente un homicidio en una clínica a la cual fue a entregar comida. La falta de seguridad, la falta de vivienda asequible, la falta de cuidado infantil y la falta de sustento son elementos que afectan la evolución de los sistemas urbanos complejos sometidos a la presión migratoria. Nuestro modelo toma en cuenta estas presiones al incorporar datos sobre la delincuencia, el gobierno y la atención médica. Estos son indicadores de lo que se aproxima.

Una semana antes de nuestra reunión del año pasado, Cortez decidió hacer el viaje hacia Estados Unidos casi a cualquier costo. Durante meses, había “sentido que se quería ir lejos”, pero era impensable regresar a su tierra de origen. “El tiempo ha cambiado”, mencionó, añadiendo que casi no había llovido en tres años. “Mi papá, el año pasado, simplemente se rindió”.

Cortez contó lo que hizo entonces. Un día, cuando su patrona freía pupusas de papa en aceite humeante, Cortez la miró y le pidió algo inconcebible: ¿se quedaría con su bebé? Era la única manera de salvar al niño, dijo Cortez. Prometió enviar dinero desde Estados Unidos, pero la mujer le contestó que no, que no imaginaba poder cuidar a un niño tan pequeño.

En estos momentos, San Salvador está cerrado por la pandemia del coronavirus y Cortez se resguarda en su departamento de San Marcos. No ha trabajado en tres meses y no puede visitar a sus hijas en El Paste. Durante el cierre oficial del país le otorgaron un periodo de tolerancia para el retraso de la renta, pero este ya terminó. Sigue convencida de que Estados Unidos es su única salvación… y al diablo con los muros fronterizos. Dijo que partiría “en cuanto pudiera”.

La mayoría de los posibles migrantes no quiere dejar su tierra natal. Al contrario, hacen ajustes paulatinos para minimizar el cambio, mudándose primero a un pueblo o a una ciudad más grande. Tienden a cruzar las fronteras solo cuando esos lugares les fallan. Viajan entonces en formas aún más riesgosas, dentro de lo que los investigadores denominan como “migración progresiva”. Ya es suficientemente arduo marcharse de una aldea para radicar en la ciudad, pero cruzar a un país extranjero y volverse vulnerable a las políticas y la turbulencia social propia de ese lugar es una prueba completamente diferente.

A siete millas del Río Suchiate, que demarca la frontera entre Guatemala y México, se encuentra Siglo XXI, uno de los centros mexicanos de detención migratoria, formado por un complejo de edificios de techos bajos con muros de 30 pies, ventanas enrejadas y una celda de castigo. A principios de 2019, sus instalaciones de 960 camas se encontraban casi vacías, ya que México permitía que los migrantes transitaran por el país en lugar de detenerlos. Sin embargo, para marzo, cuando Estados Unidos aumentó la presión para impedir que los centroamericanos llegaran a sus fronteras, México comenzó a detener a los migrantes que entraban a su territorio nacional, apiñando a casi 2,000 personas en este reclusorio cerca de la ciudad de Tapachula. Los detenidos dormían en colchones tirados en los pasillos de azulejo blanco, hacían fila para utilizar sanitarios desbordados con excrementos y esperaban durante horas, hacinados hombro con hombro, para obtener un alimento de carne enlatada servida en una bandeja de metal.

El 25 de abril, varios migrantes detenidos tomaron las escaleras de una plataforma de seguridad fortificada en el salón principal del reclusorio, para luego dominar a los guardias y abrir las puertas principales. Más de mil guatemaltecos, cubanos, salvadoreños, haitianos y otros escaparon hacia la oscuridad de la noche tapachulense.

Yo llegué a esa ciudad cinco semanas después de la fuga, para encontrar un lugar agrietado por el crisol de la migración. Tan solo unos meses antes, los migrantes que transitaban por la frontera sur mexicana recibían ofrecimientos de transporte, así como tortas y medicamentos, de parte de un público mexicano compasivo. En cambio ahora, las unidades de la guardia nacional armada cazaban a las familias de migrantes en el campo como si se tratara de soldados enemigos.

México no siempre le ha dado la bienvenida a los migrantes, pero el presidente Andrés Manuel López Obrador trataba de que su país fuera ejemplo de fronteras cada vez más abiertas. Este esfuerzo idealista también era pragmático: tenía la intención de mostrarle al mundo una alternativa a la xenofobia beligerante y constructora de muros que percibía que estaba tomando cada vez más ímpetu en Estados Unidos. Las fronteras más abiertas, combinadas con asistencia estratégica en el extranjero y ayuda de derechos humanos para lograr que los migrantes centroamericanos no tuvieran que dejar sus tierras natales, lograría mejores resultados para todas las naciones. “Quiero decirles que pueden contar con nosotros”, declaró López Obrador al prometer que otorgaría permisos de trabajo y empleos provisionales a estos migrantes.

En México, los diseñadores de políticas dieron por sentado que sus ciudadanos tenían la paciencia y la capacidad de absorber, en términos económicos, ambientales y sociales, un influjo de personas de esta índole. Lo que no previeron fue que el presidente Donald Trump secuestraría la economía de su país para implementar sus propias medidas en contra de los migrantes, y la carga que impuso el tráfico migratorio al propio pueblo mexicano los tomó desprevenidos.

De acuerdo con el Instituto Nacional de Migración, durante los primeros seis meses de la presidencia de López Obrador en 2018, entraron a México unas 420,000 personas sin documentación. Muchos cruzaron el Suchiate en tablas atadas a grandes cámaras de neumáticos, después de pagarle un par de dólares a un guía por el pasaje. En Ciudad Hidalgo, un pueblo fronterizo a las afueras de Tapachula, los migrantes acampaban en la plaza y peleaban en las calles. Durante una entrevista en su oficina de bloques de hormigón, y bajo el reflejo de las luces fluorescentes, Luis Martínez López, el director de seguridad pública de la ciudad, enumeró las estadísticas de su impacto: los robos a mano armada aumentaron un 45 %; los homicidios aumentaron un 15 %.

Un gran tema de debate fue si los delitos podían atribuirse verdaderamente a los migrantes, pero la percepción de su culpabilidad alimentó una creciente impaciencia. Martínez me comentó que en marzo hubo un enfrentamiento que se salió de control entre una multitud de 400 migrantes y la policía local, y que los migrantes ataron a cinco policías en el centro del pueblo. Nadie resultó lesionado, pero el incidente avivó la preocupación de los habitantes del lugar, quienes pensaron que las cosas comenzaban a salirse de control. “Antes les abríamos las puertas como a hermanos y los alimentábamos” dijo Martínez, quien posteriormente dejó su puesto en el gobierno. “Quedé decepcionado y enojado”.

En Tapachula, una ciudad mucho más grande, el turismo y el comercio también comenzaron a resultar afectados. Familias enteras de migrantes se refugiaban amontonadas por las noches en las puertas de los edificios del centro, o dormían sobre las aceras en láminas de cartón delgadas y aceitosas. Los hoteles (que normalmente están casi llenos en diciembre) tenían menos de un 65 % de ocupación, debido a que los turistas se alejaron por temor a la delincuencia. Las clínicas comenzaron a quedarse sin medicamentos. El impacto llegó en un momento vulnerable: en 2018, mientas muchos estados del norte de México disfrutaron de un crecimiento económico de un 3 % a un 11 %, el producto interno bruto de Chiapas, estado al extremo sur del país, se redujo en un 3 %. “Están abrumados”, dijo el Rvdo. César Cañaveral Pérez, quien obtuvo un doctorado en teología de la movilidad humana en Roma y ahora dirige el albergue católico para migrantes más grande de Tapachula.

Los modelos no pueden decir mucho acerca de la tensión cultural que podría suceder debido al influjo por cambios climáticos, ya que no existen estadísticas sobre la ira ni los prejuicios. Lo que sí indican es que, si durante las próximas dos décadas las emisiones que afectan el clima siguen como hasta ahora, la población del sur de México crecerá pronunciadamente.

A su vez, México tiene sus propias preocupaciones climáticas y es muy probable que también sea testigo de su propio éxodo ocasionado por el clima. Actualmente, uno de cada seis mexicanos depende de la producción agrícola para sustentarse, y casi la mitad de la población vive en la pobreza. Los estudios calculan que, con el cambio climático, la disponibilidad de agua per cápita en ciertos lugares podría disminuir hasta un 88 % y que el rendimiento de los cultivos en las regiones costeras podría reducirse un tercio. Si, efectivamente, ese cambio crea una oleada de migrantes mexicanos, es muy probable que muchos de ellos salgan de Chiapas.

Sin embargo, un cambio neto de población al mismo tiempo (que es lo que suponen nuestros modelos) sugiere que, aunque llegara aproximadamente un millón de migrantes a la frontera estadounidense, una cantidad mucho mayor de centroamericanos quedará atrapada en un tránsito prolongado, sin poder avanzar ni retroceder en su trayectoria, permaneciendo en el sur de México y haciendo empeorar las tensiones que existen en la actualidad.

Ya para finales del año pasado, las políticas mal planeadas del gobierno mexicano comenzaban a convertirse en algo más insidioso, en un creciente resentimiento y odio. Ahora que la pandemia del coronavirus ha sellado de hecho las fronteras, esos sentimientos corren el riesgo de desbordarse. Sin un lugar a donde ir, ni albergues que puedan acogerlos, los migrantes deambulan por las calles sin poder distanciarse socialmente, y carentes de la sanidad más básica.

Esto ha hecho enojar a la ciudadanía mexicana, que comienza a describirlos como parásitos económicos y a cuestionar la ayuda económica al extranjero, que supuestamente se otorga para ayudar a la población que sufre por sequías en los lugares de donde provienen Jorge A. y Cortez.

“¿Cómo se atreve AMLO a darle $30 millones de dólares a El Salvador, cuando el pueblo de México está en extrema pobreza?” cuestionó Javier Ovilla Estrada, líder de un grupo comunitario de Ciudad Hidalgo, poblado de esa frontera sur, refiriéndose a la participación de López Obrador en un plan de desarrollo de miles de millones de dólares con Guatemala, Honduras y El Salvador. Ovilla se ha convertido en defensor estridente de un nuevo movimiento llamado “México primero”, y organiza manifestaciones de miles de personas en contra de los migrantes. Nos reunimos en el limpio comedor de un restaurante chino que frecuenta en Ciudad Hidalgo, unos meses antes de la propagación del coronavirus, donde hizo eco a los mismos sentimientos contra los migrantes que están surgiendo en Estados Unidos y Europa.

Los migrantes “no aman este país”, dijo. Mencionó también a los grupos antiinmigrantes que difunden rumores en Facebook acerca de que los migrantes robaron boletas electorales y manipularon las elecciones presidenciales mexicanas, que asesinan con impunidad y que operan burdeles. Él no es el primero en decirme que los migrantes transmiten enfermedades, que el río Suchiate pronto se verá invadido de ébola. “Deberían cerrar sus fronteras de una vez”, añadió. Si no lo hacen, advirtió, el país caerá más profundamente en la anarquía y el conflicto. “Vamos a salir a defender la seguridad de cada familia en cada casa”.

Una tarde del verano pasado me senté en un sillón de cuero sintético en una oficina de seguridad que me prestaron en el aeropuerto de Tapachula para hablar con Francisco Garduño Yáñez, el nuevo comisionado mexicano de asuntos migratorios. Garduño reemplazó súbitamente a un funcionario llamado Tonatiuh Guillen López, un fuerte proponente de fronteras más abiertas a quien yo había tratado de localizar durante varias semanas para preguntarle por qué México se había alejado tanto de la misión que él mismo estableció para ese fin.

Pero mientras tanto, como me dijo otro alto funcionario del gobierno, Trump le “puso una pistola a México en la cabeza” para exigir que controlara la frontera con Guatemala, bajo amenaza de imponerle al país un arancel comercial del 25 %. Un impuesto de ese tipo podría destrozar la economía mexicana de la noche a la mañana, por lo que el gobierno de López Obrador accedió inmediatamente a despachar una nueva fuerza militarizada a la frontera. Por ese motivo, Guillén renunció cuatro días antes de mi cita para reunirme con él.

Garduño, un hombre jovial con cabello corto y canoso, amplia sonrisa y un saludo de mano incesante, llevaba menos de 36 horas en su puesto. Voló a Tapachula porque se había suscitado otro motín en uno de los centros de detención fortificados más pequeños de la ciudad, y un equipo de noticias había filmado a una refugiada haitiana que moría de hambre, suplicando ayuda para ella y su pequeño hijo. Yo quería saber cómo se había llegado a esto en tan solo unos meses, desde la firma de una ley sobre los derechos humanos de los migrantes hasta esa madre detenida en un reclusorio, con el rostro presionado contra el suelo y suplicando alimento. Guillen objetó, culpando a la economía neoliberal, la cual, según él, había producido una “fábrica de pobres” sin políticas de desarrollo regional para abordarla. Era el sistema, el capitalismo en sí, el que había abandonado a los seres humanos, y no los líderes mexicanos. “No concebimos que la globalización de la economía, la globalización de las leyes… tuviera un efecto devastador en esta materia”, me dijo Garduño.

Parecía revelador que el puesto que antes ocupó este funcionario en México fuera el de comisionado de prisiones federales. ¿Era este el comienzo de un nuevo México más punitivo? le pregunté, y me contestó que para nada. Sin embargo, agregó que México ahora ejercía una política de “contención”, y rechazó la noción de que su país estuviera abierto a “recibir una migración mundial”.

Aun así, ninguna política lograría detener las fuerzas, entre las cuales obran factores climáticos cada vez más importantes, que empujan a los migrantes sureños a violar las fronteras mexicanas en forma tanto legal como ilícita. Entonces, ¿qué pasará cuando cada vez más personas, muchos millones más de personas, atraviesen flotando el Río Suchiate para desembarcar en Chiapas? Nuestro modelo sugiere que eso es lo que se avecina; que, entre este momento y 2050, casi nueve millones de migrantes se dirigirán a la frontera sur de México; más de 300,000 lo harán específicamente debido al cambio climático.

Antes de salir de México el verano pasado, viajé a Huixtla, un poblado pequeño a 25 millas al oeste de Tapachula, el cual, por encontrarse sobre la vía del tren La Bestia que usan los migrantes, se ha convertido en un punto de paso de los centroamericanos al trasladarse hacia el norte por la supercarretera mexicana. Acompañé a una patrulla de policías de la localidad y vi cuando las luces rojas y azules de nuestra camioneta se reflejaban sobre casas de baja altura con ventanas enrejadas y construidas con bloques de hormigón. Dos oficiales iban atrás, de pie y sujetándose bien de las barras antivolcaduras, y con las botas de combate firmemente plantadas sobre la caja de la camioneta, mientras que el conductor, esquivando a muchos perros, navegaba por los estrechos callejones del pueblo.

José Gonzalo Rodríguez Méndez, el comandante de operaciones con voz suave y estilo burocrático, iba sentado en el asiento delantero. Le pregunté si pensaba que México podría sustentar la cantidad de migrantes que llegarían próximamente. Respondió que México se derrumbaría. No hay fondos del gobierno federal, no hay personal para prestar servicios, no hay vivienda, ni siquiera albergues. Ya no hay buena voluntad. “No podríamos hacerlo”.

A Rodríguez ya lo pusieron a prueba. Cuando llegó la primera caravana de miles de migrantes a Huixtla, a finales de 2018, la plaza central se llenó de una multitud de personas cansadas y desamparadas, muchas de ellas con niños en sus demacrados brazos, para luego desbordarse hacia las calles secundarias de la ciudad. Rodríguez y su esposa revisaron su alacena y reunieron maíz, frijoles refritos y tortillas, junto con ropa que ya no les quedaba a sus hijos, y llevaron todo a la plaza del centro, donde grupos religiosos y cívicos habían colocado tiendas de campaña y sanitarios.

Sin embargo, agregó, su buena voluntad comenzó a desintegrarse a medida que siguieron llegando las caravanas. “Es como cuando llega gente a tu casa”, dijo. “La invitas a comer la primera vez, la segunda vez, la tercera. ¿Pero ya una cuarta, quinta y sexta? No creo”. Cuando se acercaba la cuarta caravana de migrantes a la ciudad en marzo pasado, me dijo Rodríguez, él permaneció en su casa.

En el centro del pueblo, la camioneta se detuvo en un concurrido mercado con puestos de verduras y juguetes que reflejaban la luz azulada que se filtraba por las lonas de plástico colocadas encima. A poca distancia, cinco hombres se protegían del intenso calor bajo la sombra de la marquesina de metal de una de las plataformas de la ruinosa estación del tren que no se ha reparado desde el huracán Stan, hace 14 años. Rodríguez le hizo una letanía de preguntas a un grupo de dos hondureños y tres guatemaltecos. Todos contaron que habían sufrido todas las desgracias que ofrece Centroamérica: asaltos, extorsión por parte de los pandilleros y desastres ambientales. No pudieron cultivar alimentos, o la sequía los hizo demasiado caros para comprarlos.

“No queremos morirnos de hambre”, dijo Jorge Reyes, un agricultor hondureño con rostro enflaquecido y chorreando de sudor. A sus pies tenía un regalo del dueño de una tienda: una bolsa de plástico con un corte de carne cruda y ensangrentada, rodeada de moscas que volaban en el calor. Reyes no tenía dónde cocinarla. “Si me voy a morir de hambre aquí”, dijo, “mejor me muero de hambre acá, en otro lado. Esa es la razón por la cual uno trata de llegar a Estados Unidos”.


III. La decisión

Reyes ya había tomado su decisión. Partiría a Estados Unidos como lo hicieron Jorge A., Cortez y millones de otros. La siguiente decisión —cómo reaccionar ante los migrantes y prepararse para ellos — les corresponde finalmente a los líderes electos de este país.

Durante 2019, El Paso, Texas sobrellevó un amontonamiento de personas en sus cruces fronterizos, con grupos de más de 4,000 migrantes en un solo día en sus momentos culminantes. Eran las mismas caravanas de centroamericanos que dejaron de ser bienvenidas en Tapachula y avanzaban hasta aquí. Esto puso a El Paso en una situación delicada entre las fuerzas de la política federal repleta de sentimiento político antiinmigrante, y sus propias raíces profundas como ciudad diversa y en su mayoría hispana, cuya identidad es prácticamente imposible de separar de sus estrechos lazos con México. La gran oleada, sin embargo, estiró al límite la capacidad de la ciudad. Cuando llegaron los migrantes, los funcionarios de la ciudad discutieron acerca de quién debería pagar la cuenta de los servicios de emergencia, ayuda y vivienda. Al final de cuentas, cruzaron los dedos con la esperanza de que las organizaciones caritativas privadas que actuaban en la ciudad resolvieran el asunto. Algunos grupos religiosos rentaron miles de habitaciones de hotel por toda la ciudad, entregaron alimentos, ofrecieron orientación, etcétera.

En conjunto con Ciudad Juárez en México, la zona de El Paso es la segunda área metropolitana binacional más grande del hemisferio occidental. Su ubicación en pleno Desierto de Chihuahua la convierte en un oasis artificial de este paisaje desértico y rocoso, deslavado por el sol. La mayoría de su fuerza laboral cruza la frontera diariamente, y el idioma español es igual de común que el inglés.

Actualmente, en el centro de la ciudad se construyen nuevos edificios, entre un distrito comercial descuidado en el que compiten tiendas de botas y casas de empeño rodeadas de frentes comerciales clausurados y cerrados con tablones. Las únicas barreras entre las calles estadounidenses, donde habitan 800,000 personas, y sus contrapartes de Juárez, son el acueducto de concreto por donde pasa el casi seco río Bravo y una cerca fronteriza oxidada.

Para algunos migrantes, este lugar es el Edén. Sin embargo, El Paso también es un sitio opresivamente caluroso y con muy poca agua, otra línea del frente de la crisis ambiental. Las temperaturas ya rebasan los 90 grados Fahrenheit durante periodos de tres meses al año, y para finales de siglo, ese tipo de calor ocurrirá uno de cada dos días. De acuerdo con los investigadores de la Universidad de California en Berkeley, el calor ocasionará muertes con tasas que en poco tiempo sobrepasarán las estadísticas de accidentes automovilísticos y sobredosis de opioides. Los costos de enfriamiento, que actualmente ya representan un tercio del presupuesto de algunos residentes, subirán de precio, y el calentamiento mundial reducirá el rendimiento económico en un 8 %. El Paso podría convertirse en una ciudad igual de inhóspita que otros lugares más al sur.

En 2014, la ciudad creó el nuevo cargo municipal de director general de resiliencia, destinado en parte a integrar las problemáticas relacionadas con el clima dentro de su planificación urbana. Rápidamente, la crisis climática de Guatemala, además de la de El Paso, se convirtió en una de las preocupaciones principales de la ciudad. “Disculpen si me salgo del tema”, dijo Nicole Ferrini, la directora general de resiliencia durante su ponencia ante los principales líderes municipales y otros invitados que asistieron a un congreso sobre el agua organizado en Phoenix en 2019, cuando mencionó las “cantidades masivas de refugiados ambientales. ¿Estamos listos como comunidad y sociedad para lidiar con el problema?”.

Ferrini es originaria de El Paso y estudió arquitectura. Le preocupa que El Paso enfrente problemas de adaptación si sus líderes, y los del resto del país, siguen reaccionando ante las alzas diarias o anuales en lugar de ver el problema sistemático destinado a empeorar paulatinamente a medida que se calienta el planeta. También percibe a su propia ciudad como una lección objetiva de lo que vienen advirtiendo los funcionarios de la ONU y los científicos especializados en asuntos climáticos y migratorios: sin un plan decente para proporcionar vivienda, alimento y empleo a una cantidad creciente de refugiados ambientales, las ciudades al otro extremo de la migración nunca podrán dirigir con confianza su propio futuro económico.

Por el momento, la pandemia del coronavirus está impidiendo la mayoría de los cruces legales hacia El Paso, pero esa crisis desaparecerá eventualmente. Cuando eso suceda, El Paso enfrentará la misma opción perdurable que enfrentarán a la larga cada una de las sociedades más ricas en todas partes: determinar si son una sociedad amurallada, término que utilizan las organizaciones de ayuda que se esfuerzan por reforzar la infraestructura y resiliencia para frenar la migración; o, bien, una sociedad que construye pozos de agua.

Alrededor del mundo, las naciones están optando por los muros. Antes de la pandemia, por ejemplo, Hungría cercó su frontera con Serbia como parte del tramo de más de mil kilómetros de muros fronterizos que se han construido alrededor de los estados de la Unión Europea desde 1990. La India construyó una cerca a lo largo de la mayor parte de su frontera de 2,500 millas con Bangladesh, cuya población es una de las más vulnerables del mundo ante la elevación del nivel del mar.

Estados Unidos, por supuesto, tiene su propio programa de construcción de muros literales y figurativos, que pueden tener un efecto aún mayor. Cuando salí a pasear con el Rvdo. Peter Hinde de Casa Vides, uno de los albergues de migrantes de El Paso que se ubica en una discreta casa de ladrillo, me comentó que la economía orientada hacia la seguridad de esta ciudad ha creado una barrera cultural que no existía cuando se mudó aquí hace 25 años. Hinde, quien ahora tiene 97 años, ayuda a dirigir la orden Carmelita en Juárez, pero estaba yendo casi todos los días a servir de voluntario en Casa Vides. Originario de Chicago, excapitán de la Fuerza Aérea del Ejército y piloto de guerra, Hinde dijo que Estados Unidos está convirtiendo en realidad sus propios temores en cuanto a la migración, una desconfianza creciente que él observa en contra de cualquier persona que cruza la frontera.

Ese temor crea otros muros. Estados Unidos se rehusó a unirse a otros 164 países que firmaron un tratado sobre la migración mundial en 2018, el primer acuerdo en su tipo que reconoce al clima como causa del desplazamiento en el futuro. Asimismo, este país está eliminando la ayuda que presta al extranjero, fondos para proyectos que van desde infraestructura para el agua hasta agricultura en invernaderos. Se ha comprobado que estos proyectos ayudan a que las familias hambrientas como la de Jorge A. en Guatemala produzcan alimentos y, a final de cuentas, permanezcan en sus hogares. Se le ha negado el paso incluso a migrantes que han llegado legalmente a El Paso, quedando relegados en albergues repletos y peligrosos en Juárez, donde esperan las audiencias a las que legalmente tienen derecho.

No existe una adaptación más natural y fundamental ante un clima cambiante que la migración. Es la evolución obvia que siguió el Homo sapiens de nuestros orígenes para salir de África, y la misma dinámica que intentaron los mayas hace 1,200 años. Como me dijo recientemente Lorenzo Guadagno, de la Organización Internacional para la Migración de la ONU: “La movilidad es resistencia”. Cada decisión política que le permite a la gente la flexibilidad de elegir dónde vivir por cuenta propia, ayuda a crear seguridad para esa persona.

Sin embargo, las cosas no siempre son tan sencillas, y reubicarse en otro país no tiene que ser inevitable. Pensé en Jorge A. de Guatemala. Él logró llegar a Estados Unidos en la primavera pasada, después de escalar la cerca de acero de la frontera con su hijo de 7 años, a quien soltó al otro lado, dejándolo caer 20 pies en el desierto de California (en este artículo su apellido aparece con una inicial debido a su calidad migratoria de indocumentado). Ahora viven en Houston, donde encontró trabajo estable en la construcción, por lo menos hasta la pandemia, ganando lo suficiente para pagar sus deudas y enviar dinero a su casa. Sin embargo, la separación de su esposa y su familia le resulta intolerable. En casa o lejos, de cualquier forma pierde, y a principios de julio estaba considerando si debía regresar a Guatemala.

Esa es la base de lo que podría ser el peor de los casos, una situación en la que Estados Unidos y el resto del mundo desarrollado se rehúsen a acoger a los migrantes y tampoco les den ayuda en sus propios países. Como lo demuestra nuestro modelo, cerrar las fronteras y escatimar al mismo tiempo con el desarrollo creará una oleada de población algo contradictoria, incluso a medida que suban las temperaturas; eso atrapará a cada vez más gente en lugares que serán cada vez más inhóspitos para vida humana.

En esa situación, la tendencia mundial de construir muros podría tener un efecto profundo y mortífero. Los investigadores sugieren que la cantidad anual de víctimas a nivel mundial, tan solo debido al calor, aumentará eventualmente en 1.5 millones. Sin embargo, en esta situación hipotética también perecerá una cantidad incalculable a causa del hambre o en conflictos que surjan debido a las tensiones creadas por la inseguridad relacionada con los alimentos y el agua.

Si eso sucede, Estados Unidos y Europa corren el riesgo de quedar atrapados dentro de sus murallas, al mismo tiempo que mantienen fuera a los demás. Entonces, esta es la pregunta: ¿qué están dispuestos a hacer los encargados de las políticas y la planificación? El declive demográfico de Estados Unidos sugiere que una cantidad mayor de inmigrantes jugaría un papel productivo en este país, pero la nación tendría que estar dispuesta a invertir para prepararse para este influjo de personas, de forma que el crecimiento de la población en sí no abrume los lugares en los que se establezcan los migrantes ni empeore las divisiones y agrave las desigualdades. Al mismo tiempo, Estados Unidos y otros países ricos pueden ayudar a las personas vulnerables en sus lugares de origen aportando fondos para un desarrollo que modernice la infraestructura del agua y la agricultura. Por ejemplo, un esfuerzo del Programa Mundial de Alimentos de la ONU con el que se ayuda a agricultores salvadoreños para construir invernaderos con irrigación ha reducido drásticamente las cosechas perdidas y mejorado los ingresos. No son cosas que puedan revertir el cambio climático, pero pueden comprar tiempo.

Hasta ahora, Estados Unidos no ha hecho casi nada. A pesar de que aumenta el consenso científico acerca del cambio climático y la migración a consecuencia del mismo, en algunos círculos el tema se ha convertido en tabú. En la primavera de este año, las Actas de la Academia Nacional de Ciencias incluyeron la publicación de un estudio explosivo en el que se calcula que, salvo la migración, eventualmente una tercera parte de la población del planeta podría quedar fuera del nicho ecológico de la civilización. Marten Scheffer, uno de los autores del estudio, me comentó que cuando sus colegas lo revisaron, le pidieron que bajara el tono de varias de sus conclusiones, y que se sintió presionado a “atenuar” las implicaciones para lograr que se publicara la investigación. Como resultado, el documento contiene solo una exploración superficial sobre la migración (una portavoz del boletín se negó a comentar al respecto debido a que el proceso de revisión es confidencial).

“Existe una resistencia total”, me comentó Scheffer, quien también aceptó lo que él ahora percibe como inevitable, que la migración será parte de la crisis climática mundial. “Tenemos que enfrentarlo”.

Nuestra modelación y el consenso de los académicos apuntan hacia la misma conclusión: si las sociedades responden agresivamente ante el cambio climático y la migración, y aumentan su capacidad de resiliencia al respecto, protegerán la producción de alimentos, reducirán la pobreza y disminuirán la migración entre países. Estos son factores que ayudarán al mundo a permanecer más estable y pacífico. Si los líderes emprenden menos acciones en contra del cambio climático, o implementan más medidas punitivas contra los migrantes, se intensificará la inseguridad alimentaria y la pobreza. La población se disparará y se restringirá el movimiento entre países, lo cual creará más sufrimiento. La diferencia dependerá de las acciones que los gobiernos tomen a continuación, así como del momento en que lo hagan.

La ventana para actuar se está cerrando. El mundo ahora puede esperar que con cada grado que aumente la temperatura, aproximadamente mil millones de personas serán expulsadas de la zona en la que han vivido los seres humanos durante miles de años. La alarma climática ha sonado durante mucho tiempo en términos de pérdidas económicas, pero ahora es mucho más posible contabilizar a las personas perjudicadas. El peor peligro, advirtió Hinde durante nuestro paseo, es creer que algo tan frágil y efímero como un muro podría servir como una defensa eficaz ante la marea de la historia. “Si no adoptamos una actitud diferente”, agregó, “seremos como los pasajeros de un bote salvavidas que golpean a los que tratan de subirse”.

¿A dónde se irán todos? 1